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description: "Mercado de granos - por Marianela De Emilio"
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date_published: "2023-05-23T10:34:00-03:00"
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  - "De Emilio"
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# Alquileres: El debate

![Campos-Alquilados-w](/download/multimedia.normal.a520dc8dafd32aee.Q2FtcG9zLUFscXVpbGFkb3Mtd19ub3JtYWwud2VicA==.webp)

Trabajar tierras bajo contratos de alquiler no es algo nuevo en Argentina ni en el mundo, se estima que en  
Estados Unidos 40% de la tierra cultivada se hace en superficies alquiladas, mientras en Argentina esta  
proporción se eleva a 70%. Según el Censo Nacional Agropecuario, entre Buenos Aires, Córdoba y Santa Fe,  
provincias que conforman la zona núcleo pampeana, hay más de 17 millones de hectáreas bajo alquiler, para  
usos agropecuarios varios, pero principalmente para siembra de cultivos anuales, de los que soja lleva el  
primer lugar y maíz el segundo. Estas tres provincias suman en la presente 22/23 más de 17 millones de  
hectáreas de superficie sembrada con soja (12,1 MM has) y maíz (5 MM has), y se estima que la proporción  
70% de superficie sembrada en tierras alquiladas y 30% en tierras propias, se cumple o aún se supera, dada  
la superficie censada bajo alquiler.  
  
Los alquileres de campos, negociado entre el dueño de la tierra e inquilino, presenta tantos modos de  
contratos como alquileres acordados, aunque hay algunas modalidades que predominan sobre otras, sin una  
estadística oficial, pero con conocimiento por usos y costumbres de alquileres en el medio rural de zona  
núcleo pampeana. Lo más difundido son alquileres con montos fijos, valuados en quintales1 de grano por  
hectárea (qq/ha), generalmente soja, independientemente del cultivo a sembrar y los rendimientos  
alcanzados. El modo de pago puede ser semestral, cuatrimestral o mensual, y el monto a pagar resulta de un  
volumen determinado de soja a un precio que suele determinarse según el promedio de precio en el  
mercado disponible de la semana de cobro. Uno de los primeros pagos es al momento de concertación del  
contrato de alquiler, lo que exige que el origen del dinero sea de la cosecha anterior para iniciar las tareas de  
la nueva campaña, y los últimos pagos se realizan al momento de cosecha, esta vez con la liquidez generada  
por la producción del campo alquilado. Considerando que entre mayo y junio ocurre la mayor concentración  
de cosecha gruesa de verano, soja y maíz principalmente, son meses en los que generalmente culminan los  
contratos de alquiler y se negocian los de la próxima campaña, es decir, se liquida el último pago de la  
campaña saliente y el primer pago de la campaña entrante.  
  
**Criterio de valuación y modalidad de alquileres:**  
 Valuación: El valor de los alquileres guarda relación con la productividad de cada lote, así, lotes con  
potenciales de rendimientos altos, tendrán mayor costo de alquiler que aquellos con rendimientos  
inferiores. Los valores varían en montos que representan proporciones de rendimientos promedio  
entre 35% y 50%. Alquileres que incluyen, además del monto a pagar, el tipo de manejo de suelos y  
cultivos, como rotaciones, preservación de materia orgánica, cobertura, etc., suelen acercarse a  
proporciones de 33-35% del rendimiento potencial, dado que exigen menor pago, pero mayor  
inversión a campo, para aportar sustentabilidad en el mediano y largo plazo. Alquileres más altos,  
que representan 40-50% de rendimientos potenciales, generalmente no incluyen exigencias  
agronómicas de manejo.  
  
 Modalidad en quintales de granos fijos por hectárea (qq/ha): Valuar lotes en qq/ha, generalmente  
de soja, es la modalidad más común en la zona núcleo. Aunque el valor está relacionado al potencial  
productivo de soja en cada lote, el pago equivalente a un volumen fijo de soja por hectárea debe  
cumplirse se logre o no la cosecha, lo que posiciona al dueño del campo en un lugar donde no asume  
ningún riesgo productivo. Así, por ejemplo, lotes con rendimientos potenciales de 40-45 qq/ha,  
cobran alquileres que pueden fluctuar entre 14 y 22 qq/ha, que representa desde 35% a 50% del  
rendimiento probable, proporción que puede ser mucho mayor, 80%, 100% o más, cuando los  
rendimientos son inferiores a lo esperado, es el caso de muchos campos que en esta cosecha no  
superan rendimientos de 15 qq/ha, lo que resulta en un costo de alquiler que representa casi 107%  
del rendimiento.  
  
 Modalidad en proporción de rendimiento logrado – aparcería: Valuar los alquileres agrícolas según  
porcentaje de rendimiento logrado a cosecha no es lo más frecuente. Aquí, por ejemplo, una  
aparcería del 40% de cosecha, lograría un alquiler de 16 qqg/ha de soja, con rendimientos de 40  
qq/ha. Sin embargo, rendimientos de 30 qq/ha resultan en un alquiler de 12 qq, rendimientos de 15  
qq pagan 6 qq y a la inversa cuando los rendimientos son superiores, por ejemplo 50 qq pagarían 20  
qq/ha. El dueño asume junto al productor el 100% de riesgos productivos, dado que, si la producción  
es cero, no cobrará nada, y si es una cosecha exitosa, cobrará el resultado de ese éxito.  
  
 Modalidad combinada: A fin de encontrar puntos intermedios en la negociación de alquileres, en  
que el propietario asuma parte de los riesgos y a la vez se asegure un mínimo a cobrar, hace algunos  
años se difundió la modalidad hibrida. Pagar una base de alquiler fijo, por ejemplo, 8 qq/ha de soja,  
y, a rendimientos superiores a 20 qq, pagar una proporción de cada kilo extra, 40-50% son  
proporciones muy usadas en estos casos. Así, rendimientos de 40 qq, superan a la base de 20 qq en  
20 qq, y el 40% resulta en 8 qq, sumando un total a pagar de 16 qq/ha. Pero a rendimientos  
inferiores, se asume parte de las pérdidas, por ejemplo, 30 qq/ha, con 10 qq por encima de la base,  
suma solo 4 qq más de pago, resultando un total de 12 qq/ha. Por último, todo rendimiento igual o  
inferior a 20 qq/ha, no suma quintales a pagar de alquiler, y solo se exige el mínimo de 8 qq/ha.  
  
**El debate**: Dado que los contratos en cantidades fijas por hectárea, son los más frecuentes, los riesgos  
productivos son totalmente asumidos por el productor inquilino, lo que pone el total de costo de alquiler  
dentro del total de costos directos vinculados a la producción, como labores, insumos, comercialización y  
cosecha. Por tanto, considerando costos directos equivalentes a 17 qq/ha de soja, suponiendo rendimientos  
de 40 qq/ha y un pago hipotético de 16 qq, resulta en un costo total de 33 qq/ha, sin considerar costos de  
estructura, impuestos, etc., dejando un saldo de 7 qq/ha para afrontar el resto de los costos, en caso de  
rendimientos normales.  
  
Este año de sequía extraordinaria, el rendimiento promedio en zona núcleo, que suele ser de 30 qq/ha,  
apenas llega a 15 qq/ha. La discusión respecto de alquileres, toma entonces fuertes condimentos de debate,  
aunque no siempre afrontado con la madurez necesaria para establecer criterios de negociación. Está claro  
que muchos inquilinos no lograron suficiente cosecha para afrontar el pago de alquileres 22/23 y tampoco  
disponen de liquidez para renovar contrato hacia la 23/24.  
  
El debate gira en torno a las renegociaciones de alquileres 22/23, y negociaciones 23/24, según saldo a pagar  
y posibilidades financieras del dueño de la tierra e inquilino, con términos que aporten flexibilidad de pago,  
en la medida que se prioriza la preservación de relaciones comerciales, familiares, de amistad, etc., o se  
procede a rescindir contratos u otras variantes no deseadas.  
  
¿Qué es lo que marca la diferencia entre seguir o no seguir con una relación de alquiler? La respuesta parece  
obvia, depende de la necesidad y urgencia de pago que tenga el dueño de la tierra, siendo muy difícil para  
este sostener a un inquilino de financiado, si el pago le es imprescindible para su economía. Pero hay dos  
extremos que se presentan, más allá de la premura de los propietarios por cobrar, que marcan las puntas de  
un rango de posibilidades vivenciadas en el medio rural. En un extremo, tanto el dueño como el inquilino  
están comprometidos en una relación de largo plazo, donde el trato entre las partes data de conocimiento y  
confianza mutua, al punto de tomar parte conjunta en la coyuntura de emergencia agropecuaria actual, para  
sostener y renovar contratos, asumiendo el propietario parte de las pérdidas, aunque la modalidad de  
alquiler sea en quintales fijos, y a costa de resignar el derecho a cobrar en el corto plazo. En el otro extremo  
se encuentran contratos de alquiler eventuales, de corto plazo y/o con renovación anual, en los que a veces  
las partes, propietario e inquilino, ni se conocen, y, más allá de tener o no el propietario posibilidades  
financieras para renegociar el alquiler, rescinde el contrato ante incumplimiento y/o la llegada de mejores  
ofertas de alquiler.  
  
El dilema en el que se encuentran tanto el propietario como el inquilino, es el de una cosecha que se  
evaporó con la sequía, el menor ingreso de pagos para el cumplimiento de obligaciones y el elevado costo de  
acceso al crédito para compensar la cosecha faltante. Enfrentar este dilema requiere de sincerar entre  
ambas partes las alternativas de solución, en convenios de colaboración conjunta, para lo que no es  
suficiente estar al tanto de los resultados que aportó la sequía, sino también de la dimensión de costos y  
riesgos productivos asumidos durante las campañas en las que el campo ha sido alquilado. Por un lado, el  
productor, previo a la negociación, debe asumir las condiciones en las que campaña tras campaña acuerda el  
pago de alquileres, sean fijos, a porcentaje o combinado, y pasar en limpio lo que esto significa en términos  
de riesgo, dado que a veces se prioriza aumentar escala productiva en superficie alquilada, sin cuantificar  
desde la gestión productiva, comercial y financiera, el respaldo necesario para afrontar pérdidas que  
resulten en rentas negativas con proporciones como las vistas en la presente campaña. Por el lado del  
propietario, previo a la negociación, debe asumir, además de los resultados que trajo esta sequía  
excepcional, que el campo es un recurso natural, a diferencia de otras propiedades inmobiliarias, y conocer  
aspectos claves que impactan sobre la sustentabilidad y productividad futura de la tierra, lo que deja el  
precio del alquiler como una parte del convenio, dado que, de no interiorizarse con el manejo productivo  
que sus inquilinos hacen a sus tierras, podría estar subestimando el valor de la misma, por pérdidas de  
productividad que un mal manejo trae, muy difíciles de recuperar en el corto plazo.  
  
**Conclusiones**: Los alquileres de campos, una realidad que atraviesa el sistema productivo argentino,  
requiere ser priorizado en agenda de propietarios e inquilinos, a fin de resolver los debates que la sequía  
despertó, y no debiera haberse dormido nunca, dado que el potencial productivo de importantes zonas del  
país, se ve afectado por obligaciones de pago de elevados alquileres, que exigen máximos resultados al  
campo con mínimas inversiones, para preservar recursos económicos a expensas de recursos naturales.  
En negociación suele decirse que un mal acuerdo es mejor que un buen juicio, sin embargo, la sequía puede  
dar oportunidad de lograr acuerdos superadores, priorizando el cuidado de los suelos y estabilidad  
productiva en el mediano y largo plazo, renegociando alquileres que involucren al propietario de la tierra en  
el riesgo y conocimiento del manejo productivo, dado que la tierra es un bien que debe preservarse no solo  
para sí mismo, sino para futuras generaciones. El debate está abierto, el desafío es aprender a discutir para  
que los resultados post crisis sean mejores que los anteriores, en el camino la vocación por aprender de  
parte de dueños e inquilinos marcará la diferencia.  
  
**Marianela De Emilio**  
**Ing. Agr. Msc. Agro negocios**

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