Psicología del inmigrante

Opinión 16 de diciembre de 2016 Por
(Por Graciela Braga* para Revista Veintitres) - La pérdida de identidad y de costumbres se suma a la hostilidad del lugar al que llega.
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El Diccionario de la RAE define la identidad como “conjunto de rasgos propios de un individuo o de una colectividad que los caracterizan frente a los demás” y “conciencia que una persona tiene de ser ella misma y distinta a las demás”. Por otra parte, desde el punto de vista psicoanalítico, la identidad es el resultado de un proceso, el identificatorio, en virtud del cual se constituye el sujeto humano. 

Podemos pensar, entonces, en la ruptura que sucede en torno a la identidad del sujeto que migra, aquel que lo hace por necesidades económicas, por coyunturas políticas y aún aquellos que son destinados a puestos de trabajo exitosos: pierde su idea de pertenencia, la cotidianeidad de la familia y los amigos, las calles que caminaba cada día, la comida, su olor, y a veces también, la lengua materna. 

Definitivamente sucede una ruptura: el sujeto es el mismo, pero ya no es lo mismo. El otro, con el que antes se identificaba y diferenciaba a la vez, deja de ser otro “familiar” para volverse un otro “familiarmente extraño”, “siniestro, al decir de Freud: el otro sigue siendo otro, pero ajeno al sujeto. A su vez el sujeto deviene, entonces, en ajeno para el otro. Ya no hay historias en común; no se comparten tradiciones, costumbres ni gustos por la música. Allí donde antes se erguía el sujeto en un vínculo de identificación, ahora queda desalojado a la nada de lo ajeno, de lo que no les propio. 

Es desde este vacío del entramado subjetivo, en este “agujero”, en donde se instalan sentimientos depresivos con rasgos hostiles. La pérdida es la protagonista. Los ideales del yo ya no son los mismos, son otros; otra cultura los sostiene, y deben ser modificados por exigencia de este afuera ahora sádico para el sujeto. Frente a este, un modo casi necesario, aunque fallido, es ubicar la hostilidad en el otro, lo distinto, “lo malo” y de este modo se intenta preservar “lo bueno” dentro de sí. 

Ahora bien, si además de este proceso de pérdida y ruptura intrínseco al movimiento migratorio mismo, es reforzado por un rechazo social a lo diferente y, entonces, también hostil, no solo se confirma a quien ha migrado en su lugar de ajenidad: la sociedad misma se confirma en un lugar narcisista empobrecido y, peor aún, enajenada de la realidad, en tanto la sociedad se convierte en un Yo como único objeto posible de amor.  

* Graciela Braga - Licenciada en Psicología.
MN 21441

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