“No le tengo miedo a la muerte, sí a una vida sin sentido”, afirma Pagura

Otras 23/11/2014
Muchos religiosos lo consideran un profeta, para otros es emblema de esperanza. Con una trayectoria de compromiso y coherencia aún en los momentos más...
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Muchos religiosos lo consideran un profeta, para otros es emblema de esperanza. Con una trayectoria de compromiso y coherencia aún en los momentos más dramáticos de la historia argentina, el obispo metodista Federico Pagura no le escapa a esas miradas porque sabe del peso de sus palabras. Cerca de cumplir 92 años, tiene su hogar en la zona sur de Rosario en la misma casa en la que vivieron y murieron sus padres, en la que compartió una vida y despidió a su esposa. Es un lugar sencillo, como un espejo del hombre que dice que allí esperará el final de sus días. Libros, fotos y recuerdos se cruzan a cada paso. De estatura mediana, pelo blanco y andar pausado, se apasiona cuando expone sus ideas y sonríe de felicidad al hablar de sus tres hijos, cuatro nietos y dos bisnietos. Asegura que no le tiene miedo a la muerte pero sí a una vida inútil y sin sentido, cree que a la droga hay que enfrentarla con medios científicos y espirituales y que el Papa Francisco ayudará a la transformación de la Iglesia Católica.
Pagura, que se declara respetuoso de todos los credos y acepta con gusto las invitaciones para asistir a las misas que se ofician en su barrio, cuenta que ya escucha poco de un oído y que ve menos de un ojo, invita un vaso de agua fresca y advierte que, como buen obispo jubilado, dispone de tiempo para una charla sin urgencias.

–¿Cómo llegó a la Iglesia Metodista?

–Cuando era muy pequeño mis padres me trajeron de Arroyo Seco a Rosario porque querían que estudiara en el Colegio Americano. Yo provengo de una familia ecuménica: mi abuelo paterno era friulano, organista y activo miembro de la Iglesia Católica en Italia. Cuando llegó a la Argentina empezó una búsqueda que culminó con la creación de la Iglesia Evangélica Metodista de Arroyo Seco, sin que supiese nada de la Reforma, de Lutero, de Calvino ni de lo que había pasado en el siglo XVI. Mi abuelo materno era uno de los patriarcas de la zona; muy católico, más que nada de confesión verbal. Tenía una hermosa Biblia, que no se abría ni se leía. El tenía el propósito de pagarme los estudios si yo me bautizaba como católico, pero como no lo hice perdí la posibilidad de esa beca vitalicia. Así fue cómo ingresé al Colegio Americano cuando todavía no entraban varones, porque la obra empezó con niñas.

–¿Y cómo hizo para entrar?

–Coincidí con tres o cuatro varones que querían hacerlo, fuimos los primeros. En aquel tiempo el colegio estaba en calle Laprida entre 9 de Julio y Zeballos.

–¿Con qué Rosario se encontró en ese momento?

–Con una ciudad hermosa. Me pareció así desde el primer momento por el carácter de sus habitantes, por sus costumbres. Con un sentimiento solidario y humanitario muy fuerte. Además tuve el privilegio de cursar el secundario en el Colegio Mariano Moreno, Normal Nacional Nº 3, donde encontré mucho afecto.

–Paradójicamente también era una ciudad de mala fama.

–Parece mentira, pero viví mis primeros años en Rosario en contacto casi inconsciente con el hampa. En los años 30 supimos lo que es la crisis, que atravesó al país con la desocupación. Fue un tiempo de necesidad económica y espiritual. Vivimos dos veces en un conventillo. Quizá como nota jocosa, cuando fui a pedir la mano de la que fue mi esposa por 60 años, el padre, que era un vasco bien vasco, me hizo una pregunta muy directa: ¿Usted no tendrá ninguna conexión con la mafia? Yo le dije que no tenía nada que ver. Pero la mafia estaba instalada con fuerza. De manera que al dolor de las carencias de las familias, que a veces no tenían para mandar a sus hijos a la escuela, había que sumarle la plaga de la mafia.

–Ahora, cuando mira a su alrededor, ¿qué ciudad ve?

–Estoy comprobando algo que ya había visto en toda su crudeza en otros países. Cuando en aquellos años se hablaba de tráfico de drogas, yo siempre decía que Argentina era un país tranquilo en ese sentido y que la droga era un ave de paso pero que no hacía nido en Rosario. Incluso, cuando volví a la Argentina estuve viviendo en Mendoza y era la extensión del Paraíso. Nadie se imaginaba lo que estaba empezando a engendrarse y que iba a generar frutos tan amargos con el correr de los años. Despertamos en los últimos 30 años a la realidad de la drogadicción, que era desconocida para nosotros.

–En esos años la Argentina sufría otro tipo de violencia, la de la persecución política.

–Es cierto. En Mendoza comenzamos a ver los signos de la dictadura militar, incluso junto a otras iglesias atendimos a miles de personas perseguidas por la dictadura de (Augusto) Pinochet en Chile. Sentimos la fuerza de la violencia cuando pusieron una bomba en la iglesia que yo atendía. Recuerdo que vivía con nosotros mi suegra, que se asustó mucho; para ponerla a resguardo la enviamos a Rosario, a la iglesia de la calle Laprida. Al segundo día de llegar pusieron una bomba al lado de la iglesia, a un maestro. En broma me decían "parece que tu suegra se ocupa de poner bombas en las iglesias".

–¿Las iglesias están en desventaja en una sociedad que se rige por los mandatos del consumismo?

–Hay que hacer una diferenciación. En la iglesia primitiva los cristianos estaban acostumbrados a compartirlo todo, había un sentido de que lo material juega un papel importante y es imprescindible que se le preste atención. La Biblia tiene en el Antiguo Testamento la voz de los profetas, que es una voz que va al corazón de la problemática socioeconómica y hasta hoy sigue siendo fundamental para nosotros los metodistas. Tuvimos el privilegio de que a nuestro movimiento lo fundara John Wesley, quien tenía conciencia de que el Evangelio debía ser una transformación personal seguida de una transformación de la sociedad. Por eso nos preocupamos seriamente por la vida concreta y diaria del ser humano. No olvidemos que el socialismo en Inglaterra nació en la Iglesia Metodista; así surgió el Laborismo, que atacó la esclavitud y la usura, y no como el de ahora que es un Laborismo rosado. Como dijo el teólogo americano Niebuhr: el metodismo hará su mejor contribución a las Iglesias y al mundo si mantiene una fe profunda y un compromiso social permanente.

–¿Cómo cree que se enfrenta la problemática de la drogadicción?

–Hay que combatirla con medios científicos, culturales y espirituales. No tendríamos que ver una contraposición entre estos enfoques, son complementarios. Hubo un tiempo, es cierto, en que lo religioso y lo científico estaban en permanente confrontación, pero eso ya no sucede. Por el bien de la humanidad debemos trabajar mancomunadamente para detener un cáncer como este, que está penetrando la vida de los jóvenes.

–Usted ha escrito himnos, tangos y libros, siempre con un denominador común: la esperanza.

–No me propuse escribir sobre algo en particular, pero me brotó eso. Estuve en los tiempos difíciles de la Argentina, fui perseguido, tuve denuncias y sufrí amenazas. También conocí situaciones muy duras en Centroamérica y en todas ellas aparecía la palabra profética de esperanza: no desmayen, tengan ánimo, hay fuerza. Recuerdo que cuando estuve en Nicaragua, en pleno triunfo de la Revolución Sandinista, aparecía el presidente Daniel Ortega y proponía: "Cantemos el himno de Pagura". Era una manera de decir hay esperanza. Entre mis tangos el que es más exitoso, que ha sido traducido a gran cantidad de idiomas y ha llegado a todo el mundo, es precisamente "Tenemos esperanza".

–¿Hay buenas formas de morir?

–Si pudiese elegir, me gustaría una muerte plácida.

–No me refería a su muerte, pretendió ser una pregunta genérica.

–Cuando uno conoce la fe cristiana cualquier forma puede ser buena para morir. Así también cualquier muerte puede ser una tragedia irreparable sin la esperanza que Jesús trajo al mundo. Fíjese usted que en un coral se dice que la muerte es el fin de un camino y un tiempo de liberación, especialmente para aquellas personas que tienen que vivir cosas muy díficiles por razones físicas, soledad, persecuciones o violencia. Para muchos es una liberación. En cambio no encuentro una justificación para adelantar esa muerte o para escapar de la vida a través de un suicidio. Pero no juzgo al suicida, solamente Dios puede juzgar y conocer a una persona en su interioridad más profunda. Y creo que una persona enferma y que consuela al que está sano, es de las dos la que tiene más vida.

–También escribió sobre la muerte.

–Sobre la esperanza en la muerte. Allí digo que no le tengo miedo a la muerte como sí le temo a una vida inútil, a una vida estéril, a una vida que perjudica a los demás. Esa sí que es muerte.

–Entonces usted puede vivir tranquilo...

–Lo aprendí de joven. No le tengo miedo a la muerte sino a una vida sin sentido.

–¿Qué piensa del aborto?

–Es un tema candente y un debate inevitable. Merece la pena estudiarse a fondo con los elementos científicos que disponemos hoy pero también con los morales, que no debemos perder de vista.

–Gente que profesa distintas religiones habla de usted como un profeta y vanguardista.

–Yo no me llamo profeta, cuánto más me podría llamar aprendiz de profeta. En la Biblia uno encuentra a los grandes profetas del Antiguo Testamento, hombres que veían el mal y lo denunciaban aunque corrieran peligro sus vidas, porque era su deber hacerlo. Y, a la vez, en medio del dolor y el sufrimiento, veían tiempos de consolación.

–¿Cuál es su mirada respecto a los matan en nombre de un Dios?

–Escribí en estos días un texto que llamo "El mundo entero entre la vida y la muerte". Menciono en uno de los párrafos que el actual presidente de Israel está desconociendo a los grandes profetas de la religión judaica, a los que lee en su casa o habrá leído en algún momento. Los desconoce o no los ha entendido para hacer lo que está haciendo con el pueblo palestino. Por eso respeto y me alegra tanto que un argentino como (Daniel) Barenboim trabaje con un palestino para hacer un poco más justa y digna la vida. Es una forma de terminar con esa visión de prejuicio religioso; no todo lo religioso es bueno, las religiones también pueden llevar a fanatismos.

–En 2012, en una carta dirigida a los obispos argentinos, usted se preguntaba si el Vaticano se hacía carne de la opción por los pobres.

–Yo le diría que ha sido una opción real por mucho tiempo. En el mismo seno de la Iglesia Católica Apostólica Romana he conocido desde obispos hasta monaguillos que llevan una vida de servicio y amor admirable. Yo daría falso testimonio si negara esa realidad. Si usted me pregunta si ese compromiso lo tienen todos los obispos, todas las iglesias, la respuesta es no. Trabajé con monseñor Jorge Novak (ex obispo de Quilmes) durante 25 años y jamás tuvimos una discusión porque vivíamos para los más necesitados. Y así fue hasta que murió.

–¿Cree que el papa Francisco podrá profundizar ese camino?

–Francisco está siendo y va a ser –si no hay algún loco que le quiera quitar la vida– un gran beneficio para la transformación de la Iglesia Católica. Todas las demás iglesias también necesitamos cambiar y ser mejores servidores de nuestra generación. Ya le envié dos cartas y me las contestó, ahora le voy a escribir otra porque hay que darle mucho aliento en la lucha que está liderando.

–¿Cómo es su vida de obispo jubilado?

–Yo estoy requetejubilado. Pero Lutero decía que todos somos sacerdotes al servicio del bien, de la justicia y la paz. El sacerdocio universal de los creyentes, como él lo llamaba. Creo que hay hombres y mujeres que sin hablar en términos religiosos están viviendo el Evangelio, lo llevan en su sangre, en su conciencia, y están prestando un gran servicio a su generación. Y muchos otros pueden estar cargados de biblias, de signos y vestimentas religiosas y sin embargo no hacen lo que Dios espera de ellos. Pero volviendo a su pregunta, cada etapa de la vida tiene sus alegrías y tristezas. Yo recibo con gratitud estos años de vida y digo: Señor, cuando te hayas cansado de jubilarme, deja que pueda ir a descansar yo también.


Por Ricardo Petunchi / La Capital


 

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